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lunes, 22 de noviembre de 2010

La góndola


Él, como hace un caballero de los pies a la cabeza, se retiró honrosamente tras una batalla perdida. No se arrastró ni se arrodilló frente a la espada que lo hizo caer. Eso no lo hacen los caballeros, eso lo hacen los cobardes, y mucho menos culpó al vencedor de su derrota. Como buen caballero reconoció que perdió porque no hizo méritos por ganar y se fue. Se embarcó en el galeón al que llamaban "La góndola", que emprendía un viaje transatlántico que sería largo (quien sabe si para toda la vida). Nadie nunca dijo que fuera un viaje fácil, pero aún así se embarcó, sabiendo de sobra lo que podía encontrarse. Allí, en el mismo galeón, se embarcaba ella. Queriendo emprender una nueva vida, compró su billete y se embarcó sin pensarlo dos veces, quería conocer mundo y se le presentó la oportunidad de tomar este rumbo.

El galeón sale de la bocana del puerto y emprende el viaje. Todo va viento en popa, a un ritmo lento para que ellos pudieran disfrutar del viaje y de las maravillas del navío. Pero allá en altamar, no mucho tiempo después de partir, se presenta una tormenta. La tormenta arrecia con vientos fuertes que vienen de todos lados, el agua se cuela por todas partes, la lluvia dificulta la vista, las olas golpean las nobles maderas del navío que parece como si fuera a romperse en dos... Pero no, "La góndola" está hecha a prueba de vendavales y de tormentas. Las mareas no podrán doblegarlo, los vientos no podrán desviar el largo recorrido que aún le queda a este navío por recorrer... Ya sabían que no iba a ser fácil.

Pero ella al timón, él a las amarras y la ilusión por mascarón de proa nada ni nadie podrá vencer al galeón que llamaban "La Góndola" que va rumbo a un viaje muy largo. Quien sabe si para toda la vida...

domingo, 3 de octubre de 2010

Cuando se da hasta la vida...


Aquel romance era el más hermoso que nunca soñó tener. A él le parecía tan bonito que era imposible que fuera cierto... Pero lo era. Y como en todo romance, había días que la incertidumbre le mataba, el tenerla sin tenerla, los miedos a equivocarse... todas esas cosas por las que hemos pasado, quien más y quien menos, alguna vez.

Un día, cansado de estar con la cabeza loca de dar vueltas, cogió su coche y salió a airearse, a dar vueltas allá donde el mundo quisiera decantarse. Caprichoso el destino, tuvo un accidente. Su estado era muy grave. Rápidamente lo trasladaron al hospital más cercano. Allí, acompañado de los suyos, soñaba con que ella apareciera por la habitación dispuesta a abrazarlo y cuidarlo mientras estuviera allí y quien sabe si durante el resto de su vida. Pero parece que los sueños sueños son, y él, en un momento en el que se vio casi en el otro barrio, dijo a los suyos entre suspiros: "Decidle que la he querido, que la quiero y que la querré allá donde esté. Que por ella he sido capaz de darlo todo... incluso he dado hasta mi vida".

No sé si ella fue a verlo al hospital, si le dijeron lo que él sentía o ni siquiera sé si él sobrevivió. Lo que si sé es que por un amor así fue capaz de darlo todo, hasta el último momento de su vida.


Salud!

jueves, 25 de junio de 2009

La noche de San Juan



Nadie sabe que tiene esta noche que, siendo la más corta, es la noche que está más llena de magia. Dicen que las brujas, como los mengues, haberlas haylas... y la noche de San Juan es sin lugar a dudas donde más cierto se hace esta afirmación.

Así sucedió. En esta noche mágica se reunieron, como si fuera otra cualquiera (pero realmente sin llegar a serlo), el grupo de amigos de siempre. Se fueron a la playa a hacer unas hogueras, pedir sus deseos y a vivir la noche más corta del año. Allí, como siempre, estaban ellos. Esa extraña pareja que traen una danza de cortejo extraño y que, sin ser tan extraño, todo apuntaba a que serían una nueva pareja sentimental dentro de el grupo. Siempre con miradas cómplices entre los dos iba surgiendo la noche.

La hoguera ya tenía una altura y una consistencia considerable. Llegó el momento de los deseos. Las chicas se reunieron todas más cerca de la hoguera, dejando que el dios Vulcano acariciara sus caras con el calor de sus fogosos dedos. Los chicos más atrás, de risoteo y juerga. Ella, la chica de la extraña pareja, miraba atentamente como ardía la leña en la arena, pidiendo intensamente su deseo. Él, el chico, se separaba tímidamente del resto de los chicos y se aproximaba a ella como... como sin quererlo. De repente, aquella mágica noche confabuló todos los movimientos posibles para que uno de sus amigos le empujara y terminara rodeando, casi sin quererlo (una vez más he dicho casi...), a la chica con sus brazos. Ella, sorprendida, en un acto reflejo le agarró como pidiéndole que no se soltara... y él se acomodó, y no la soltó.

Una vez más, la magia hizo que se quedaran solos frente a la hoguera, abrazados uno frente al otro y mirándose fíjamente. Él le coge sus dos manos sin dejar de mirarla, acerca su cabeza a la suya hasta apoyarse en su frente, acercan los dos los labios, y él, con sonrisa picarona, la deja clavada en la arena y salta a través de las llamas mientras pedía su deseo.

Aquella noche terminó tarde, con el chico acompañando a la chica a su casa tras una maravillosa noche a los ojos de San Juan. Ni que decir tiene que sus deseos se cumplieron: Ambos desearon que la noche más corta del año fuera la más larga de sus vidas.

miércoles, 6 de mayo de 2009

De la rutina al odio



Él aquel día se había levantado tan tranquilo. Fue un día más de su rutinaria vida. Desayunó la misma tostada de siempre, el mismo café, salió por la misma puerta, cogió el autobús al trabajo, volvió a casa y almorzó. Cuando ya por fin tuvo un rato para descansar salió su vida de la rutina de todos los días. Entró en una de esas redes sociales tan de moda últimamente y casualmente (o quizás no) la encontró.

Ella era un amor de juventud, su primer amor frustrado. Y qué cierto es eso de que el primer amor no se olvida (aunque en este caso fuera un amor imposible). Él, tímido en su juventud (la timidez, por cierto, se la debió dejar olvidada en algún sitio con los años), a pesar de que estaba profundamente enamorado, no era capaz de dirigirse a ella. Un día le entregó una tarjeta donde la citaba para celebrar una fiesta de cumpleaños. Ella, no contestó la carta. Y él, avergonzado de por vida, nunca fue capaz de dirigirle la palabra. Así se tiró años y años.

Aquella tarde que le sacó de la rutina le envió un mensaje privado. Viendo que no contestaba se dispuso a ver sus fotos… y empezó a verla con aquellos mismos ojos tímidos que la miraron por primera vez, y por fotografía que iba pasando sus ojos pasaban de la timidez al amor… y como del amor al odio hay un paso, ya saben el final. Lleno de ira, después de tantos años de silencio, se dispuso a enviarle un e-mail. Cargó sus dedos con todo el rencor que podía sacar y escribió:

“Ya veo que, como en la juventud, no te dignas a contestarme ni tan siquiera un mísero mensaje privado preguntándote como estás y qué ha sido de ti estos años. Seguro que piensas, mira, ya regresó, ya quiere babearme otra vez. Que sepas que las cosas han cambiado, no soy el mismo de antes. La diferencia más grande es que antes te amaba con locura, y ahora te odio. Te odio por haberme quitado el sentido durante tanto tiempo (y ya casi te había olvidado, hasta que te encontré por el mundo de Internet), te odio por ser tan preciosa, te odio por mirarme de esa manera pidiendo una explicación pero sin articular palabra. Te odio por moverte y andar de esa manera que me traía tan loco. Te odio por todo lo que me enamoraste tan locamente. Te juro que te odio, a más no poder. Seguro que ahora, como has hecho siempre, no contestarás. Mejor, así me olvido de odiarte y de amarte para siempre.”

Días más tarde, en la bandeja de entrada de su correo, sorprendentemente cambió la rutina de la historia que os he relatado, y ella contestó:

“Ódiame, si es que así te sientes mejor… Pero… No fui yo quien, por vergüenza, te dejó de hablar.”

lunes, 4 de mayo de 2009

La leyenda de la señora del espejo



Esta es la historia de una señora normal y corriente. Casada, viviendo en una casa normal forjada con su trabajo y el de su marido. Tenían cinco hijos por los que se desvivía: cuatro varones y una hembra (como dicen los mayores). La señora, como era obvio (y por supuesto sin desmerecer a ningún otro), tenía pasión con su hija.

Desde que nació su hija, la más pequeña de sus hermanos, la cuidaba como a una muñeca, ya que su ilusión, desde niña, era peinarla, recogerle dos coletas y ponerle sus vestidos favoritos. A medida que su hija se hacía grande la asesoraba en las cosas de la vida, cuando “se hizo una mujer”, con su primer novio (siempre a escondidas de su marido, los padres con sus hijas… ya se sabe). En fin, se puede decir que tenían una relación madre-hija inmejorable. No solo eran madre e hija, si no que además eran amigas y compañeras.

Y llamaba la atención con qué mimo le aconsejaba cuando salía a la calle. “Ponte esta falda, que te queda mejor” “A ver, deja que te mire, tienes un parchetón de colorete aquí… espera que te lo quite… ¡ya está!”. Cuando por fin estaba preparada, la señora salía a darle el visto bueno, ocultándolo tras una despedida y una compañía hasta la puerta: la miraba de arriba abajo (con buenos ojos) y con un simple “Hasta luego, mi niña” le daba el aprobado, la mayoría de veces con matrícula de honor.

Por cosas que tiene la vida, la señora abandonó el mundo terrenal tras una larga enfermedad. Su hija tenía 18 añitos. Tras un tiempo sin querer salir de su casa empezó a asomarse a la calle un rato con sus amigas, para salir de la rutina y despejarse un poco. Se le hacía raro que su madre no le aconsejara sobre la ropa y que no le diera el visto bueno antes de marchar… Eso creía ella.

Una de esas noches que salía se asomó al espejo, y empezó a verse fea. Salía sin retocar un poco con maquillajes, con cualquier cosa que tenía en el armario… pero empezó a verse distinta. Se fue a su cuarto y se cambió rápidamente, se retocó con colorete, se peinó, se miró en el espejo y el espejo le contestó que sí. Así todos los días. Estaba claro: Su madre, hecha espíritu, se había colado en todos los espejos de la casa y la hacía verse fea, o verse algún imperfecto en su peinado, su maquillaje o en su vestimenta.
Aunque ella lo echaba en falta, su madre le daba el visto bueno, porque desde el día en que se fue le está esperando en el espejo de la entradita para decirle “Hasta luego, mi niña”… Y la mayoría de veces con matrícula de honor.

jueves, 23 de abril de 2009

La sonrisa de ella



Aquella noche ella estaba radiante. Sus amigas iban a recogerla para cenar y salir de copas. Se había aseado, eligió su ropa y sus complementos con muchísimo mimo y paciencia (estas cosas tienen su ciencia), eligió el perfume y las joyas, se planchó y se cepilló el pelo, preparó su bolso, se dio su toque de Rimmel, sus coloretes, su sombra de ojos y sobretodo su gloss para destacar, sobre cualquier cosa, sus labios y su sonrisa (previamente, como no, aseada al más mínimo detalle).

Ella, por suerte o por desgracia, había descubierto que con su magnífica sonrisa era capaz de conseguir muchas cosas (sobre todo ser el centro de atención). No tenía un cuerpo escultural, pero no dejaba de ser una chica linda, simpática y con la sonrisa más letal que jamás se conoció en el mundo de los mortales. Si además la acompañaba con el portentoso aliño de sus ojos y su mirada, entonces no tenía rival. Aquella noche sonó el telefonillo y bajó.

La cena fue muy amena y animada. Dos mesas más allá, una mesa de chicos que parecían tener planes parecidos a los que tenían las chicas. Chicas jóvenes y chicos jóvenes (con ganas de fiesta) empezaron juegos y lances de miradas, hasta que a alguien (de cualquier mesa, porque si unos lo dijeron otras lo pensaron) se le ocurrió decir “Vamos a aquel bar de copas de ahí enfrente, os veremos allí”. Las chicas continuaron con su cena, luego fueron a un bar de copas y, finalmente, al bar de copas (en cuestión). Allí, efectivamente, se encontraban los chicos del restaurante. Aquella noche ella, radiante como estaba, era el centro de todas las miradas de aquellos chicos (sin desmerecer al resto de chicas). Todos le hacían piropos sobre sus ojos, su sonrisa y su linda cara. ¿Todos? Había uno que no, que se quedó charlando con el resto de chicas. Ella era tan orgullosa que no podía permitirse el lujo de que se le escapara un besugo de las redes de su sonrisa, y no paraba de mirarlo. Él ni siquiera se inmutaba.

Ella lo siguió intentando un rato más, se sentó a su lado, charlaba con él, pero la conversación con el resto de chicas estaba ya tan avanzada que no hubo manera de que ella, tan radiante como iba, se pudiera incluir en la conversación. Se quedaba extrañada… y cuanto menos caso le hacía él más lo deseaba ella. Enfadada se levantó de la mesa y se fue al baño. “¿Será que el gloss se me ha quitado? ¿Será el Rimmel?” Fuera lo que fuere, el caso es que esa sensación no la había tenido nunca. Después de retocarse volvió a donde estaban sus amigas con él. “¡Qué cansada estoy!” Sus amigas, que habían captado el mensaje, les contestaron: “Vamos a quedarnos un ratito más, estamos muy bien mujer, tómate algo y charla con nosotros”. Él, simplemente, en ese momento fue a la barra a pedir una copa, volvió y siguió charlando entre risas. Parece que se divertían, pero ella no estaba nada animada, le parecía increíble que una persona en el mundo fuera capaz de aguantar su sonrisa y se sentía impotente y angustiada. Se volvió a levantar de la mesa y salió a refrescarse.

Minutos después salieron todos, se marchaban a la discoteca de moda a continuar la fiesta. Sentada en un escalón al lado del bar de copas estaba ella, mirando al lado contrario de la puerta del bar donde salió. Lloraba de impotencia. Escuchó a sus amigas reir a carcajadas camino de la discoteca y ella emprendió el camino de vuelta a casa, con los zapatos en la mano, el Rimmel corrido por las lágrimas y el gloss… quizás en una manga de la chaqueta. De repente, sin saber como, al girar la esquina estaba él. Ella tan radiante como iba, le mira con la cabeza agachada y él solo le contesta: Así sí que me llamas la atención. La sonrisa se la has dado a todos, las lágrimas solo a mí.

martes, 14 de abril de 2009

El circo



¡Acérquense! ¡Ha llegado a la ciudad el mayor circo jamás visto! ¡Fieras, leones y tigres! ¡Grandiosos elefantes! ¡Ponderosos corceles! ¡Exóticas bailarinas! ¡La mayor familia de acróbatas! ¡El mago más maravilloso! ¡Payasos tronchantes! ¡Ha llegado por fin para usted, para usted y para usted el más fabuloso circo que ha pisado nunca estad ciudad! ¡Acérquense! ¡Pero cuiden sus bigotes del lanzafuegos! ¡Vean nuestras hermosas malabaristas! ¡Pero cuidado! ¡No le miren a los ojos o caerán profundamente enamorados! ¡Acérquense, cordiales ciudadanos! ¡El más maravilloso circo jamás visto ha llegado a la ciudad! ¡Acérquense!

Ese griterío y esa música despistaron de sus estudios a un joven músico que estudiaba en su despacho, sentado en su escritorio delante de una ventana. Efectivamente, había llegado a la ciudad el molesto circo. El joven músico, pianista de vocación, solo pensaba en sus corcheas, sus ¾ y demás teorías musicales. Su mundo era blanco y negro (por aquello de las teclas). Pero aquel molesto circo le cambiaría su mundo blanco y negro por un maravilloso mundo de color.

Aquella tarde cuando ya la cabalgata del circo concluyó, y postrado como siempre en su escritorio delante de la ventana, vio pasar a las hermosas malabaristas, aquellas que no se conformaban con sus espectaculares juegos malabares sino que robaban corazones con solo mirarlos a los ojos. Jamás pensó el joven pianista (un joven frío, calculador y solitario como era) que una de ellas fuera capaz de robarle incluso la razón con solo cruzar sus miradas (y todo esto casi sin querer… sí… he dicho casi). En efecto, cruzaron sus miradas casi sin querer evitarlo y aquella publicidad barata de aquel jefe de pista tan charlatán se hizo realidad.

Desde esa tarde, y durante los días que el circo estaba en la ciudad, aquel joven músico empezó a ver el mundo de otra forma. Componía obras que reflejaban hermosamente lo que sentía… Todos esos días, a la hora del café y siempre tras la función, el reloj de cuco del despacho marcaba la hora exacta del paseo de las hermosas malabaristas, acompañadas de otras amigas y compañeras del circo. Él miraba a aquella que le enamoró anonadado… buscando arañarle una sonrisa. Pero que va… pasó y no fue capaz ni siquiera de que lo mirara. Así dos días. Al tercero echó mano de lo que mejor sabía hacer… tocar el piano. Abrió su ventana. Le costó trabajo, porque nunca la abría, para que no se escapara Euterpe, la musa de la música. Pero le dio igual, se olvidó de todo… Arrastró su piano a la ventana y empezó a tocar la más bella sonata que había compuesto, con la que ganó muchos concursos y engatusó a muchas mujeres. Le puso más sentimiento que nunca… tocó con más fuerza que nunca, para que lo oyera hasta el último adoquín de la empedrada calle. El destino se había puesto de su parte. Un rayo de sol entró en su despacho (nunca lo había invitado a entrar). Los pájaros dejaron de volar para posarse en el alfeizar de su ventana (con esa cara tan pálida jamás se habían atrevido), los borrachos, los locos y vagabundos dejaron de gritar, el viento no movía ni una sola hoja de los árboles del parque de enfrente de su casa… y todo para que la hermosa malabarista, a la hora del café, oyera la mejor sinfonía que jamás había compuesto el joven músico. Pero que va… la malabarista pasó de largo, como la que oye llover, y como la que lo siente… porque además pasó corriendo. Y para colmo, el sol había recalentado el despacho, Euterpe (la musa de la música) se escapó, y encima los pajaritos dejaron sus regalos en el alfeizar…

Al día siguiente el periódico cayó en manos del joven músico: “Hoy última función del más maravilloso circo que ha pisado nuestra ciudad”. El joven músico abrió los ojos de sorpresa y, una vez más, se encerró en su despacho, a estudiar y componer, aquel día más triste que nunca. Pero no se concentraba. No paraba de mirar por la ventana, esperando a que pasara la hermosa malabarista… Para colmo estaba lloviendo. Qué va, hoy seguro que no pasa… El reloj de cuco de su despacho marcaba exactamente la hora en que la hermosa malabarista pasaba paseando por debajo de la ventana del joven pianista. El muchacho miró el reloj, ipso facto miró a la calle, dirigió su mirada a la acera de la cancela del parque, por donde siempre paseaba… Pero no, no estaba. No estaba ni ella ni nadie… con este día… A los cinco minutos, su prodigioso oído avistó el pisar apresurado de unos pies sobre la empedrada y mojada calle, se asomó, y sí, efectivamente… era ella. Iba sola. Extrañado, el muchacho abrió la ventana y le preguntó: “Perdona, ¿tienes hora?”. Ella sacó un hermoso reloj de bolsillo y dijo: “Pasan exactamente cinco minutos de la hora del café”. El músico miró el reloj de cuco de su despacho y dijo “Exactamente igual que mi reloj, gracias”. Ella sonrió y respondió: “De nada”. El joven pianista se quedó mudo, inmóvil… solo siendo capaz de seguirla con la mirada… Evidentemente grabó su sonrisa en lo más profundo de sí.

El circo se marcha… con él la hermosa malabarista… el joven músico siguió sus estudios y sus composiciones… casi la olvidó (sí, he dicho casi) de no ser por que de vez en cuando dirigía su mirada hacia la ventana y siempre hacia el sitio exacto por donde pasaba ella. Nunca aparecía.

Un día, uno de esos días que solo tienen los cuentos, volvía de un concierto. Llovía. Al acercarse a la casa junta de la suya, tropieza con una señora encapada (protegiéndose del agua). La señora corre, el pianista se percata que al tropezarse se le ha caído algo. Es un hermoso reloj de bolsillo. Cuando quiso llamar a la señora ya estaba muy lejos. Así, se fue a su casa, con el hermoso reloj de bolsillo en la mano, y ya se lo llevaría a la vecina cuando escampara.

A la hora del café de aquella tarde volvió una vez más a echar un vistazo (siempre de reojo) a la ventana, a la acera de la reja del parque por donde pasaba la hermosa malabarista (sí… y la había olvidado). El circo parece que no había regresado… desde luego la molesta cabalgata no le había sacado de su mundo blanco y negro… Lo que sí le había despistado era el hermoso reloj de bolsillo. Por curiosidad abrió la tapa, comprobó la hora con su reloj de cuco. Pasaban exactamente cinco minutos de la hora del café. Ambos relojes marcaban exactamente la misma hora. En la tapa del reloj, protegida por un cristal una pequeña foto. Era la foto de la carpa de un circo. De un respingo se levantó de su taburete de terciopelo rojo y se dirigió a la casa junto a la suya.

Llamó al timbre, abrió una señora mayor, vecina de toda la vida, que le recibió con alegría. Le invitó a pasar a tomar el café y unas pastas. Mientras pasaban al salón, y mientras la señora gritaba “Trae un café más, tenemos visita”, sacaba el reloj del bolsillo y le comentó a la vecina como había llegado a sus manos. “¡Mi reloj!” dijo la voz que traía la bandeja del café. “Te presento a mi nieta” dijo la vecina. El pianista no supo que decir. El reloj de bolsillo resultó ser de aquella malabarista que le robó el corazón, que (como ya te habrás imaginado) era la nieta de la vecina. La malabarista, que no salía de su asombro y muy agradecida, le regaló unas entradas al músico para que fuera a ver el espectáculo del circo, que se encontraba en el pueblo más cercano, no muy lejos de la ciudad.

Efectivamente, abandonó su mundo y se adentró en el circo y con la cara más risueña contemplaba ilusionado la maravillosa carpa que albergaba un espectáculo lleno de luz, sonido y color. Cuando terminó el espectáculo, la malabarista fue a buscar a la salida al pianista. Intercambiaron impresiones, él la oía como si estuviera escuchando al mismísimo Mozart en directo, sus ojos se iluminaban, su lengua se cargó de valor y disparó: “¿Te gustaría seguir la conversación mientras tomamos un café? Ella le respondió con una gran sonrisa: “Encantada acepto, pero hoy no puede ser. Mañana te buscaré en la puerta de tu casa a la hora que ya sabes”. La despidió con una sonrisa tremenda, y se fue a su casa apresurado sin acordarse de aquello de que no por mucho madrugar amanece más temprano.

Y allí estaba él, completamente acicalado, estrenando vestimenta y esperando la “hora que él sabía”… El reloj de cuco marcaba exactamente la hora del café, la hora de la visita a su abuela de la malabarista. Pero el timbre de la puerta no sonaba. Para consolar su alma hundida se decía a sí mismo que quizás esa hora no era, que era más tarde… Desesperado (pasaban ya dos horas de la hora del café) salió a la calle a ver si la veía venir. Pero la calle estaba vacía, el sol se despedía de los árboles y los pájaros del parque, los tenderos hacían rato que recogieron la mercancía y los perros callejeros habían dejado de perseguir a los gato. Y la malabarista seguía sin llegar…

Derrotado volvió a su casa, a encontrarse con su piano. Nunca más abrió la ventana ni miró a aquella reja del parque por donde ella solía pasar. Volvió de nuevo a su mundo blanco y negro, pero no se olvidó de la malabarista nunca. Desde aquel día compuso las más bellas piezas musicales para espectáculos de circo.


martes, 10 de marzo de 2009

Le entrañable historia de un amor no superficial


No sé si conocéis el acuario de la calle San José (en Cádiz). Es una tienda de animales que comercializan, sobre todo, mascotas acuáticas (tienen una gran variedad de peces y de tortugas, de ahí lo de acuario). Pero no solo eso, también tienen conejos, cobayas y aves como mandarines, ninfas, periquitos y agapornis. No sé, tampoco, si conocéis a estos animalillos, los agapornis. También llamados inseparables o pájaros del amor. Son unas aves de la familia de las psitácidas (son esas aves de pico curvo, como los loros) y se caracterizan por ser muy sociables y muy cariñosos, además de ser capaces de enamorarse muy facilmente (y todo lo que ello conlleva, celos, enfados, ataques, reproches, besos, cariños, caricias... todo a su manera, claro está).

Resulta de que en esta tienda de mascotas crían a estos simpáticos pajarillos, y suelen tener una pareja apartada del resto en una jaula en el escaparate, a la vista de todo transeunte curioso que por allí deambula. Los más curiosos, como yo, se acercan a ver a esta parejita. Uno de los dos es de un plumaje amarillo claro y con cara naranja, precioso. El otro es verde pistacho con cara naranja. Éste tiene una particularidad, y es que, por problemas probablemente al nacer, problemas de salud de los padres o quizás un resultado azaroso de la naturaleza, es amorfo. Tiene la parte inferior del pico doblada, un ojo más alto que otro y le faltan dedos en las patas. Todo eso lo hacía tremendamente entrañable.

Es curioso como es capaz de sobrevivir y de adaptarse a las circunstancias. Pero lo más sorprendente es que su compañero o compañera de jaula no le deje de lado y le abandone a su suerte, si no que convive, le cuida y para colmo le quiere. Le quiere a pesar de ser deforme, le quiere a pesar de no ser el Duque de los agapornis, ni el Orlando Bloom de la fauna, le quiere porque esa deformidad lo hace particular, original y único, le quiere porque es diferente al resto. No es guapo... pero algo tiene. Ojalá muchos humanos aprendiéramos de ellos.

Si quereis conocerlo, la última vez que pasé por San José seguían allí. Les deseo, desde aquí, que les vaya bien y bonito. Salud!!

domingo, 8 de marzo de 2009

El trotamundos inerte


Según cuenta la historia, vaga por el mundo un señor acompañado por una mochila, donde guarda los recuerdos de su vida (además de una muda limpia, unos pantalones, un jersey, algo de dinero, colonia, jabón, unas cuchillas de afeitar, un mapa y una armónica). Cuenta que su más fiel compañera es una bicicleta vieja lo suficientemente nueva como para tenerlo paseando por el mundo. Se dedica a visitar ciudades, vive de la música de su armónica en cualquier esquina, y con eso come, compra lo que le haga falta y sobrevive el día a día (por supuesto, la crisis también le afecta). No obstante, tiene un sobre con bastante dinero en su mochila.

Un día de aquellos, de esos días normales que suele tener un trotamundos, ya sabéis, la inclinación de su mapa hizo que su bicicleta se encadenara a un semáforo gris en una avenida de la ciudad de Cádiz, al lado de un edificio de la administración pública. Curiosamente vino a parar a esta tierra en unas fechas muy señaladas, las fiestas más típicas donde la palabra libertad se extrapola y se transfigura en libertinaje (ya sabéis de qué os hablo). Antes de dejar su bicicleta le dijo lo de siempre: "No te muevas de ahí, que regresaré en seguida". Su bicicleta terminó de posarse en aquel frío semáforo como si le contestara "tranquilo, que aquí te espero".

Se dirijió a comer, a asearse un poco y a pasear por la ciudad. Cuando se vino a dar cuenta era ya muy tarde, las calles estaban llenas de gente disfrazada y parecían pasárselo muy bien. Entre empujón y movida, conoció a un grupo de gente que deambulaba por allí, le invitaron a una copa y allí se quedó toda la noche. En el grupo, la mujer más bella que el trotamundos pudo conocer se le acercó (un poco perjudicada) y le dijo "que bien hueles", él no se atrevió a contestar más que dándole una sonrisa. Ella seguía tirándole los tejos... y cada vez le robaba más el corazón. Cuando, empujado por el legendario ser mitólogico más cubano, se quiso abalanzar sobre aquel maravilloso cuerpo (que solo le faltaba decirle, "ven y devórame") aparece alguna especie de Ché Guevara y se la quitó (levantando pasiones (entre otras cosas) y formando la revolución). El trotamundos, aturdido entre el ron y la reverenda paliza sin manos que le había propinada "el revolucionario" (y el posterior revolcón que este personaje más tarde se daría), no tuvo más remedio que dejar aquel espantoso lugar en busca de su verdadera fiel compañera, la única mujer que no le robaría el corazón (ni la cartera), su amada vieja bicicleta suficientemente joven para seguir paseándo a su lado por el mundo.

Pero el camino de vuelta no sería tan fácil. Estaba al borde del precipicio, apunto de tocar un pozo casi sin fondo (demasiado tenía encima). La gente lo veía venir y se reía. El trotamundos no acertaba a decir palabras, solo gemia angustiosamente... El estómago le ardía, la cabeza le iba a estallar... no veía fin más allá de una larga cuesta que le llevaría a su bicicleta... Cuando ya por fin llega, empieza a buscar la llave del candado... Pero el alcohol ingerido le hizo expulsar todo lo que tenía dentro (ya me etendéis, todos hemos pasado alguna vez por ahí). Dos buenas personas que andaban por allí intentaron asistirle, pero prefirieron llamar a los servicios sanitarios y a la policía. Allí se personó una ambulancia y dos furgones de policía. El trotamundos seguía aturdido... a veces pensaba que un boxeador soviético de los pesos pesados de dos metros de alto le había dado una tundra, y cada vez que se acordaba que el revolucionario medía 1'70 y pesaba 62 kilos más quería vomitar. Intentó olvidar, y gracias a aquellas intensas luces azules y naranjas olvidó, pero seguía aún más mareado. Finalmente encontró la llave y se dispuso a abrir el candado, tomar su bicicleta y continuar su camino lejos de esta ciudad (y de cualquier revolucionario o maravilloso cuerpo). Pero por su estado las autoridades no le dejaban marchar...

Allí lo dejé, bien atendido, gemía quejoso como queriendo decir "dejádme que me vaya de aquí" pero su lengua cerró por descanso y sus ojos se volvían hacia dentro como buscando alguna neurona despierta que pudiera explicar lo que pasaba... Finalmente su cuerpo decidió hundirse sobre sí mismo y descansar sobre el suelo. Y era normal, con el corazón roto y sin poderse desahogar con su amada bicicleta... era como si le estuvieran quitando la vida poco a poco... y poco a poco volviéndose inerte. Nadie sabe que ocurrió después. Sólo sé que la bicicleta siguió atada a aquel semáforo frío y gris junto a un edificio de la administración pública en una avenida de la ciudad de Cádiz, apoyada descansando y como diciendo "tranquilo, que aquí te espero"

Hace poco volví a pasar por aquel lugar, y para mi sorpresa la bicicleta ya no estaba... no sé que pasaría con el trotamundos... yo quiero creer que cogió la bicicleta y siguió el rumbo que le marcó la inclinación de su mapa.

Salud!

jueves, 5 de marzo de 2009

PERO ES QUE TE VEO... (entrada antigua)

Ha llegado el día…cuando aún quedan años para que llegue. Este es el momento, aunque el momento se hará esperar… Pero es que lo siento como si fuera ahora mismo… Lo noto… Respiro nervios, siento el jadear incesante de su dolor. Oigo el chirrido de unas ruedas, noto unas manos maternas apretando otras manos transmitiendo en una lección magistral, como tantas otras que le ha dado y le dará, tranquilidad y paz, aunque no pueda evitar lo contrario. Solo puedo escuchar frases como “todo irá bien…” o “respira, respira que ya viene...” Sí… yo también noto que llega.

Definitivamente ha llegado la hora… ¿o no? Pero si lo estoy viendo. Veo una sala dadora de vida, donde entra una persona… pero como por arte de la vida salen dos. Oigo gritos de dolor desesperados, sigo viendo manos entrelazadas… respiro suero, sudor, látex, agua, sangre, latidos, amor, vida… Se oye un llanto… no puedo estar soñando, esto no es un sueño. Si es que es tan real… pero tan idílico.

Llevo ya días sin dormir. Lo sigo viendo. Ayer te vi llorar, aunque en realidad no te he visto nunca, nunca he visto esa cara que es, de seguro, tan linda. Pero es que ayer te oí llorar, aunque nunca he escuchado tu pequeña voz de angelito. No te conozco aún, pero puedo imaginarte…puedo imaginar tu presencia alegrando mis días.

Te veo… pero sigo sin verte. Y aún así ya sé lo que necesitas… y más aún sé lo que te esperará cada día. Necesitarás descansar, para eso tienes preparada la cunita incomparable de un pecho, te arroparán miles de peluches de besos, te quitarán el frío hermosas mantitas de abrazos… Aunque todo esto sea una ilusión te aseguro que nada te va a faltar en la vida, ¿quién mejor que yo para prometértelo?

Ahora nos toca cuidarte. Qué menos, ¿no? Eres reliquia y símbolo del amor, arras y alianzas del cariño eterno, el único pan de la vida, el verdadero cáliz de la salvación, la común unión de todo lo nuestro. Eres el fruto bendito de dolores, caricias, pasión y sudores. Eres blasón impecable del pecado capital teñido del rojo de la vida, el rosa de la ternura, el blanco de la pureza, el azul de la libertad, el verde de la esperanza y el arco iris entero de la alegría. Yo soy el primer templario de la orden sagrada de tu vida, que es la mía… no tengo más remedio ni deber que protegerte.

Quizás no estés entendiendo ni una sola palabra de lo que te digo… o quizás seas tan irreal que ni te esté abrazando… ni me estés oyendo… ni te esté hablando…

Pero es que te veo.

Dedicado a todos los que van a ser padres en menos de 9 meses y a todos los que, como yo, sueñan algún día con serlo. Salud!

Escrito y publicado originalmente el 16 de Junio de 2008

PUBLICIDAD ENGAÑOSA (entrada antigua)

Sí, quiero comenzar el primer artículo de este periódico personal con el testimonio de una mujer. Os cuento. Conocí a esta mujer en uno de mis viajes estratosféricos que suelo hacer (desconectando así del mundo terrenal) y charlando.... y charlando me contó esta historia. Sufrió de eso que llaman "publicidad engañosa". Quiero antes destacar qué es publicidad engañosa. Siempre hemos oído eso de "mira la letra pequeña". Bien, cuando te anuncian algo, cuando te hablan de algún producto o servicio suele haber una letra pequeña... lo que indica que lo que te están diciendo es cierto, pero con sus acepciones. Esta letra pequeña si no aparece en el anuncio en sí o es difícil de localizar, el eslogan viene acicalado por un asterisco (*) que te indica que tiene sus "peguitas". Pongo un ejemplo, si os fijais en los coches de la autoescuela "Las marismas" os percatereis que en la puerta del maletero tiene un eslogan que dice (a grosso modo): 85% DE APROBADOS A LA PRIMERA* (con su asterisco correspondiente). Un conocido, profesor de autoescuela, me comentó que eso es imposible, a no ser que se trate de la prueba teórica. Es decir, no te están engañando... pero te están diciendo verdades a medias. El hecho de que te engañen por no haber leído la letra pequeña no es engañar... es un despiste por tu parte. Ahora bien, engaño sí es cuando esa información anexa no te la facilitan (bueno, en el caso anterior tampoco te lo facilitan demasiado, me vengo a referir a que no te lo muestran ni con asteriscos ni luminosos ni nada de nada). Eso sí es un engaño. Caso, por ejemplo, de lo que hacen los malditos asustaviejas, que es un tema para tratar aparte.

Bien, esta mujer que os comento sufrió una de estas publicidades engañosas, le vendieron un servicio que no es talmente como se lo pintaban... además sin letra pequeña. No es una entrevista, porque en este tema no hay nada que preguntar. Es un testimonio... un artículo en primera persona (entre paréntesis iré haciendo algunas aclaraciones si es preciso). Antes de pasar al artículo (de su boca a mis dedos) me gustaría lanzar una pregunta: ¿hasta cuando?


"Hace unos quince años empecé los preparativos de mi boda. Mi novio (en aquel momento) me pidió la mano delante de todos nuestros amigos en una noche de juerga. No sé si fué por los efectos del alcohol, pero acepté (entre risas). Desde ese momento empezamos que si la iglesia, que si el restaurante, que si el traje, que si los invitados... bueno, ya sabes... (no, no lo sé) lo normal en estos casos. Lo más importante ya lo habíamos encontrado. Una casita que se anunciaba en una inmobiliaria, de nueva construcción, vistas al mar, no demasiado grande pero ideal para empezar a formar una familia. Nos costó treinta y dos millones de pesetas. El precio nos pareció extraño por el emplazamiento, el acabado de la obra, las vistas... y porque hoy día no encuentras un piso a ese precio de nueva construcción, pero aceptamos. Ya sabes, hipoteca, muebles, aquí vamos a poner la cocina, nuestro dormitorio va a ser este... Y mi madre como loca, su madre contentísima: "verás que bien, que casarse es lo más bonito que te puede pasar en la vida, y si además es con el hombre que quieres... ¡hija lo tienes hecho! Mi padre no estaba demasiado contento. A mis padres nunca les gustó mi marido, y eso que nunca me había hecho nada malo ni a ellos tampoco, al contrario... pero tu sabes, esas cositas que tienen los padres cuando su hija se va a casar. Mis amigas igual, tampoco les gustaba eso de que me casara... normal, tenía 28 años, trabajando en una tienda de moda, con un sueldo cortito... y lo más importante, cuando una se casa tiene otras ocupaciones, y tiene que dejar de lado a sus amigas de toda la vida. Yo los tranquilizaba, a mis padres les decía que no se preocuparan, que iba a llamarlos todos los días y les iba a pedir ayuda siempre que la necesitara. A mis amigas que no se preocuparan tampoco, que el cafelito de los viernes no me lo quitaba nadie.

Finalmente, tras mucho esperar, llegó el día de nuestra boda. Todo precioso, mi marido, mi padre que me llevaba del brazo al altar, yo también, por qué no decirlo
(vuelve a reir) mi familia, su familia, nuestros amigos, la iglesia... hasta el cura estaba guapo aquel día. Parecía un sueño precioso. Aquel día, pues te podrás imaginar... maravilloso... se puede decir que empezamos con buen pie. A los dos años viene nuestro primer hijo, Matías. Moreno como su padre, de recién nacido muy grandote. Hermosísimo. Todo iba de perlas... hasta que los cimientos empezaron a fallar.

Mi marido era camarero... su sueldo no era muy bueno, y el dinero no llegaba, se quedaba por el camino, quien sabe donde. El niño no dormía, mi marido llegaba cada día mas tarde del trabajo, y siempre de madrugada, con el olor a alcohol de haber servido las bebidas del bar y con cara de cansancio. Los cimientos seguían tambaleándose cada vez más. Cada día mi marido y yo discutíamos más... a veces de los gritos los vecinos se asomaban... que vergüenza pasaba. A los 31 un años, con un niño de 2, me había quedado sin trabajo, sin amigas, no quería ni ver a mis padres, para que no me dijeran que tenía mala cara y se preocuparan. Me miraba al espejo y no era yo... todo el día en casa, no podía salir, que si el niño, que si la comida para mi marido, que si la plancha, que si la lavadora... con 31 años era una vieja, estando en la flor de la vida. Eso no es como me lo pintaron...

El colmo fue cuando un día, seguro que sin querer, mi marido llegó tambaleádose del cansancio, con ese olor a alcohol y con una mancha roja en el hombro de su camisa. Eran las 3 de la mañana. "Lávala", me dijo. "Mañana lo hago, cariño". Le contesté. "¡Te he dicho que ahora y es ahora!" Y soltó su mano, sin querer, seguro que fue sin quererlo. Me dio en la cara, yo fui a la cocina a poner la camisa en la lavadora... cuando empezó a gotearle sangre que venía de mi nariz. Fue un descuido, seguro que sí... El niño empezó a llorar... mi marido estaba ya en la cama cuando empezó a gritar "¡Coge a ese niño, que no me deja dormir!" Me atreví a decirle, entre llantos, que estaba poniendo la lavadora. Se vino para mí, me agarró del batín y me llevó a empujones a la habitación del niño. Lo cogí, él se fue a la cama, terminé de poner la lavadora y me acosté... aquella noche en el sofá, porque mi marido estaba tan cansado que se acostó en el medio de la cama (sin darse cuenta)... me dio penita despertarlo, y me fui al salón.

Cosas como esa se repetían... cuando ya me di cuenta de que no era casualidad, que no era sin querer... Cogí al niño, me fui a casa de mis padres. No les quise decir que me maltrataba mi marido... me preguntaron por el bulto de la frente y les dije que me choqué con la puerta cuando fui a corriendo a coger al niño, que estaba llorando... Mis padres no son tontos... hablaron conmigo, denunciamos, y el juez pone una orden de alejamiento... hace quince días que he comenzado este viaje... vete a saber donde, no sé si al cielo o al infierno. Él seguirá en la calle... y yo pudriéndome bajo tierra...

El matrimonio, que cosa más bonita... si esto no es publicidad engañosa, que venga Dios y me lo diga."

Escrito y publicado originalmente el 6 de Junio de 2008